Alfonso López Monreal:

el azar y la memoria

 Por José de Jesús Sampedro

 

Imágenes insinúan vida. Metáfora visual: maléfica y benéfica. Metáfora de una historia: Sebastian Brant vio el reposado esplendor de los ángeles insomnes de la nave de los locos aterrando de felicidad y, por un instante que resumía toda su vida pensó el universo como una atroz geometría, una indetenible circulación: línea y color, ritmo y tonalidad, historia y mito, sabiduría y música, encuentro, extravío, reconciliación. Sebastian Brant había visto la metáfora de su propia vida, la forma del mar y de las estrellas, la fuga de las mujeres que amó y lo olvidaron, el eco y la primavera, la nieve del sur ꟷque es más tenue y más indurable que toda la nieveꟷ, las manchas de los árboles y de los pájaros contemplando su luminosa sombra, la totalidad. Metáfora del blanco y negro: Sebastian Brant comprendió entonces que lo que llamamos vida descifra formas de otra vida: la reinvención, la imaginación, lo aprehensible, la mirada y lo mirado, la certeza de fundar imágenes de la vida. De esa metáfora persiste aún nuestro asombro: el universo es inagotable y es irrepetible, cada forma abre su afirmación y negación, alternativamente, sin fin. Ahora la metáfora de lo visual vuelve a cobrar su antigua deuda. El universo es las formas del universo, su transformación continua. Alfonso López Monreal lo sabe. Para él, la forma es al mismo tiempo memoria y olvido, ruptura, retorno al origen, renuncia, convivencia de tradición y modernidad, confrontación, terca batalla de lo diferente en unión, en semejanza combinatoria, en ir y venir ininterrumpido. Su percepción visual nos hace comprender, una vez más, la infinitud, el contraste.

Nada en ese encuentro es gratuito, nada es pacto vacío, nada es razón pura, superficial. Para Alfonso López Monreal la línea es magia, probabilidad de formalizar el azar, lo casual siempre innovador y maravilloso, a punto de revelarnos la secreta fascinación de la felicidad de ver, de separar, y, paralelamente, fundir. Ejercicio de lo imprevisto representado, la pintura establece reinos de otro mundo en este mundo, formas de otra vida en esta vida, expresiones de lo constante inesperado. Obra de una tensión creadora nunca igual, nunca mediatizada en su encantamiento, Alfonso López Monreal ha creado un espacio de identidad y vida. Prolongaciones, texturas, extensión espacial, trazo y pausa, advertencias y premoniciones, conjunción, diversidad única, Alfonso López Monreal llega al espacio de la forma no definitiva pero sí preferencial, asumida como la forma de ser y representar. Representar: más allá de un simple acto de reproducir, se trata de una convicción profunda: para ampliar la dimensión universal debemos atrapar el sentido del universo. En esa acción se concentra la vida verdadera, el doble que somos y dejamos de ser. La obra de Alfonso López Monreal lo repite: ver es una analogía, una definición del ser. Y por esa gran certidumbre hoy compartida, irrenunciable, pueden referirse estas palabras de René Char: “Dibuja la esperanza y rápido la aleja, busca su semejanza en las densas miradas, el lugar que recorre ahora es su fidelidad”. Fidelidad creativa, absoluta, como supo Sebastian Brant: la vida es un permanente ver.

Ciudad de México, 1982