Alfonso López Monreal: tiempo y memoria abstracta
Por Miguel Ángel Muñoz
Escribí el silencio y escribí la noche
Arthur Rimbaud
El poeta francés Charles Baudelaire decía que lo “bello es sorprendente”, y Marcel Proust cuenta que cualquier pintura original siempre nos parecerá alambicada y fatigosa al principio; pero siempre tendrá un final sorpresivo con el tiempo. Son posturas diferentes, pero cada una es un enigma importante de la vanguardia: la ininteligibilidad; es decir, la ruptura formal, la creación de nuevos lenguajes que provocan extrañeza y desconcierto.
Esta breve reflexión nace a partir de revisar en retrospectiva la obra de Alfonso López Monreal. Hay algo en sus cuadros anteriores y actuales que aspiran a la sencillez, a la síntesis, que rigió la poética de buena parte de la modernidad pictórica, la de Kandinsky, Matisse, Miró, Arp, hasta la abstracción más pura de De Kooning, Motherwell, Tàpies, Esteban Vicente, Albert Ràfols-Casamada o Sean Scully. No obstante, el papel de Monreal en el arte contemporáneo zacatecano es de total relevancia y está acreditado por más de cuatro décadas constantes en el arte. Doble lección: primero, profesa una gran fidelidad a la materia y al uso del espacio, y segundo, esa composición se convierte en metáfora.
Tras una dilatada trayectoria artística que inició en su tierra natal Zacatecas, donde se decantó por la pintura, el dibujo y la gráfica afín a una abstracción-figuración; y que, posteriormente, fue creciendo en sus viajes por Europa -España e Irlanda, sobre todo-, Monreal ha ido madurando con una cada vez mayor ambición e intuición estética que me hace recordar unas líneas del poeta San Juan de la Cruz: “Mi emoción nace desinteresada por la imagen, prescinde por entero de la referencia concreta. El espacio, la luz, el ritmo, toman forma…” En este sentido, su trayectoria durante las últimas dos décadas no solo se ha ido enriqueciendo, sino que su lenguaje plástico se ha perfeccionado con diversas técnicas y conceptos estéticos. Aunque nunca ha abandonado su pasión por la pintura, su mundo se ha hecho más reflexivo y complejo.
Contemplativas y de un dinamismo visual que oscila entre la contención formal y esa vibrante energía que aplicaba a la ejecución de cada composición, hoy sabemos que las pinturas recientes de Monreal, rigurosamente teñidas de la calidez de gestos creativos y poéticos, tienen una deuda de gratitud con el dibujo. Fue su campo de cultivo incesante a lo largo de toda una vida, que marcó la distancia entre lo que podía haber sido solo un buen pintor y ese maestro que es en verdad.
Tiene este conjunto de telas que exhibe en la muestra Mágicos Márgenes una marca de vida y de calma, un aire amable que no es inflexión de postrimerías sino naturalidad de cauce ya hecho, de torrente que discurre sin obstáculos. Obras que manifiestan, mediante esa especie de condición líquida, el goce de vivir (de existir en el tiempo) y de crear, que traslucen la plena experiencia sensible de las cosas. El artista ve los colores como si de fuerzas naturales se tratara, tan necesarias en su acción artística como lo son el fuego de los volcanes o el viento en las tormentas. Eso es lo que Matisse llamaría poesía pura.
Para nuestro artista los potentes espacios de Picasso en Las señoritas de Avignon, son espacios que instan al recogimiento, al silencio, donde el espectador puede entrar en comunicación directa con la obra aislada o sola. El espectador y, por supuesto, el artista comparten por una vez el espacio “respirable” que la obra genera, la liberadora expresión del silencio -“Le silence -dice el poeta y pintor catalán Albert Ràfols-Casamada-, est la nuit de la parole”.[1]
Queda, o mejor sería decir permanece, la impronta de sus construcciones cromáticas, el rastro emocional de las figuras y los gestos, las sombras de esas figuras. Queda también la ambigüedad de unas formas que son pensadas y sentidas a la vez, pues en ellas no solo está recogida su estructura, su esencia, también se halla su aspecto más específico, su estricta inmanencia.
Es otra vez la música
es otra vez
la música la que me llama,
otra vez ese esplendor
casi animal
el que me busca
y conmigo se hace ala
o primera mañana sobre la arena.[2]
En este poema titulado Sobre la arena, del poeta portugués Eugénio de Andrade, juega con el sonido de la música, del espacio y del tiempo; Monreal en su pintura sorprende por sintetizar en un mismo espacio la música, la poesía y el tiempo. Su discurso estético expresa una vitalidad imaginativa; las amplias superficies de color, líneas y trazos se transforman, como es sabido, en el espacio dramático para la representación formal, para la construcción del significado artístico definidor y definitivo de la obra. Arte figurativo-abstracto, se afirma, o quizás demasiado transparente: rostros, mujeres, espacio, memoria, tiempo; el color diario se transforma en unas imaginaciones entre figurativas y surreales que hacen rabiosamente actual y en constante evolución la pintura.
En cualquier caso, durante los últimos años -pandemia incluida, crisis económica y demás avatares de la vida-, Monreal ha arribado a lo mejor de su madurez con creaciones que recrean con originalidad su sintonía. Estas imágenes sugieren todo un conjunto de magia. Monreal nos invita, nos muestra y destroza equilibrios para poner en marcha nuevos mecanismos expresivos. Es necesario señalar que, en esta etapa última de Monreal, se percata la compleja urdimbre conceptual y práctica que se trasluce en esta obra, que no es solo la de una pintura concreta, sino la transposición de un mundo y una sensibilidad: la que irradia, desde hace más de tres décadas, y cada vez mejor, Alfonso López Monreal.
[1] Albert Ràfols-Casamada, El asombro de la mirada. Convergencia de textos, Madrid, España, Editorial Síntesis, 2010.
[2] Eugénio de Andrade, Materia solar y otros libros, Barcelona, España, Galaxia Gutenberg, 2004.
