La estabilidad perdurable de Alfonso López Monreal

Por Evodio Escalante

Todo artista que se respete, se pronuncia en algún momento de su vida acerca del tiempo. Aunque se sabe que la pintura es eminentemente un arte espacial ꟷacaso de una manera todavía más precisa que la escultura, pues la reducción de los dos planos de la tela obliga al artista a un intenso trabajo de abstracción, de la elaboración de la perspectiva, etc., o sea, a “inventarse” un espacio dentro del espacioꟷ, lo cierto es que los pintores no dejan de representar el tiempo y a la vez de adoptar una posición ante él. Lo que me parece notable en los trabajos de Alfonso Monreal consiste no sólo en la “manera” en que surge esta representación, sino en la cuidadosa actitud del artista ante su materia más inasible y más volátil.

 

En un momento de retracción de las vanguardias, cuando los mitos de la modernidad de han desplomado por los suelos, cuando el sueño de un mundo uniforme y plastificado ha revelado ser o una ingenuidad o el producto de una prepotencia imperial, artistas como Alfonso Monreal rescatan orgullosamente el valor de un tiempo que por ser comunitario deja de ser propio, un tiempo interiorizado de tiempo, si se puede decir así, donde lo más importante está sucediendo microscópica, pasmosamente, en el ámbito de una morosidad placentera que algunos despistados descartan porque les parece “improductiva” o “premoderna”. Estos artistas recuperan no solo los valores de una infancia perdida, sino que reconocen con una mirada amorosa este mundo de acá, el que persiste porfiado fiel a sus convicciones y a sus esencias; un mundo obviamente sujeto a una temporalidad distinta, ni arrolladora ni carnívora, donde en inagotable contigüidad conviven el automóvil último modelo con las procesiones lopezvelardeanas, el radio de transistores con los dulces de leche que venden en la calle unos artesanos que no se extinguen, las imágenes de televisión con las de los retablos que adornan los muros de una iglesia famosa por la devoción de sus creyentes.

 

Ingresar en un cuadro de Alfonso Monreal es compartir, aunque sea por unos minutos, el reino de una estabilidad perdurable. El escrúpulo del pincel, toque tras toque, va delineando un espacio de tiempo suspendido, al que vemos no con los lentes de la nostalgia sino con los de una retardada voluptuosidad. En este universo donde no pasa nada está pasando todo. Absolutamente todo. En la escena callejera, en la vendedora de frutas, en la mesa provinciana del café, en los amantes que se abrazan en las proximidades del balcón, en el automóvil antiguo que ocupa el centro de la plaza, en la silla a la que envuelven llamas inesperadas, en el personaje sentado que nos sorprende con su radiante rojiza cabellera, lo que aparece es una teatralidad que recupera el valor de los mínimos gestos cotidianos, pero que no por serlo están desprovistos de realidad. Es radical, en efecto, este acto amoroso de recuperación que fija en el lienzo la deleitable morosidad provinciana. Es radical esta opción por un tiempo que se dilata en lo que quiere ser un transcurrir sin transcurso, un persistir al que no dañan los accidentes, y que permanece ajeno al vértigo carnicero del llamado tiempo productivo.

Si hay una morosidad en la pasión escenográfica de Monreal, este deleite quiere las duplicaciones. Encuentra uno, así, a veces, el cuadro dentro del cuadro, el espacio que se sobrepone al espacio, redoblando las posibilidades de la teatralidad escenificada; pero de igual modo, y acaso más a menudo, lo que uno encuentra es un marco dentro del marco. Evidentemente, esto tiene un significado. Es que estamos, recuérdese, ante un tiempo detenido. Esta suspensión tiene un carácter doble. No es solo que el tiempo “real” de la escena (los personajes reales, los referentes de esta mundanidad provinciana) esté retraído, como congelado en su propio transcurso; es que también la mirada del pintor lo único que quiere es detenerse, ensimismarse (o “enumismarse”) en un “tú” perdurable, suspenderse en la suspensión, por decirlo así, acaso como un conjuro para que la estabilidad se vuelva permanente. Para que, de otro modo, y gracias a la magia artística involucrada, este mundo no llegue a disolverse.

He hablado de mundanidad provinciana, de referentes “reales” en la pintura de Alfonso Monreal. Quizás he incurrido en simplismo. En la devoción de su mundo, en el gesto escenográfico que permea su visión, encuentro que se prolonga, con las modalidades del caso, una tradición artística que de algún modo merece reconocimiento: la de los retablos. La epifanía del milagro, la puesta en escena del accidente o de la enfermedad, de los que el personaje se libra o se recupera gracias a la celeste mediación de una virgen o de un Santo Niño de Atocha, que es uno de los santos a quien con mayor fervor se acude en Zacatecas, constituyen la imagen propiciatoria de la que se desprenden muchos de los modos pictóricos de Alfonso Monreal. Hay en ellos una reconstrucción después de una evocación epifánica que proviene de la milagrería, y él adopta dentro de los límites de una lírica profana. Recuérdese que la palabra epifanía quiere decir aparición de una imagen. ¿El retablo, es una influencia fundamental? Habría que decir que sí. Las raíces comunitarias del trabajo artístico de Monreal se revelan en esta recurrencia a la imagen primera, primigenia, que en este caso es también si se quiere, la más “primitiva”, la que surge de la agradecida espontaneidad del creyente que rinde testimonio de un prodigio acaecido.

Según el Diccionario de autoridades, la palabra retablo vendría de tabla y la partícula re. Se trataría, en efecto, de pinturas realizadas sobre un pedazo de madera (aunque en el caso de la tradición mexicana, en lugar de la tabla se utiliza una lámina). También, informa el libro, “es de parecer que [retablo] puede decirse del verbo retraer, porque retrae y retrata las figuras de la historia”. La anterior definición me parece un hallazgo. Son, justo, las connotaciones del verbo “retraer” las que me parecen las más indicadas para señalar cuál es el tono, e incluso el ritmo, que domina la aparición de las imágenes en un artista como Alfonso Monreal. Lo suyo, en lo fundamental, es este acto de retraer (y retraernos) al ámbito de un tiempo que se sabe a sí mismo muy prolongado, casi inextinguible, si se quiere ver así, y que de algún modo nos confronta con el frenesí y la velocidad de la vida en el mundo moderno. Estamos ante un caso de duración braudeliana, en la que nos instalamos como espectadores sabiendo al mismo tiempo que no hay un más allá. Ninguna catástrofe previsible. En esta placidez nos reconoceremos y reconocemos a la vez un entorno que de seguro está llamado a sobrevivirnos y a perdurar por encima de estos frágiles, inconstantes testigos de la historia que nosotros somos.

En este punto, hay que decirlo, la mímesis del artista se revierte en contra de la placidez y la certidumbre de los espectadores. Lo que creíamos que era el limbo, o mejor, un paraíso pictórico al alcance de nuestros ojos, revela un rasgo irónico en la figura de los personajes. Esta ironía introduce, de pronto, un desequilibrio. ¿Han mirado de cerca los personajes de Monreal? Muchos de ellos llevan, sobre la piel, un tizne grisáceo, casi mortuorio, podría decirse. Y algo más: la superficie aparece como sembrada de pliegues, de circunvalaciones, a veces hasta de protuberancias y deformaciones, como si su única forma en aparecer en el cuadro fuese la de la fístula, la del corte y la tajadura. No se equivoca quien piense que estas pieles llevan encima de sí todas las señales del desgaste, de una temporalidad acumulada y que no perdona. Es que los sujetos envejecemos, parece decir el artista, mientras que la circunstancia permanece intacta, la misma de siempre, gozando de una eterna juventud que a nosotros se nos escapa.

Este contraste de los tiempos le otorga su modernidad a la pintura de Alfonso Monreal. Lo idílico, como tal, desaparece. Lo que tenemos es un contraste que remite a su vez a las contradicciones de la existencia cotidiana. El yo, por definición, está sujeto a las corrosiones del tiempo. Superior a nosotros en este y otros sentidos, el paisaje sobrevive. El artista advierte este contraste y no deja de recordarlo en cada uno de sus cuadros. Aquello que nos angustia también puede darnos la pócima de un consuelo, y acaso, de una alegría perdurable. Por encima de la fugacidad de las vidas individuales de cada quien, la circunstancia permanece y dura. La hora de esta circunstancia es la hora de una juventud eterna a la que le place sentirnos, tocarnos, acogernos, sabernos integrados, en fin, aunque sea solo por un momento, a su estabilidad perdurable. Quiera el arte de su hospitalidad nunca nos abandone.