Los grabados de Alfonso López Monreal*

Rosemarie Mulcahy

Los grabados de Alfonso López Monreal tienen tanta importancia en la totalidad de su producción artística como su pintura. Al primer vistazo, la extraordinaria inventiva de su imaginario atrae inmediatamente y su virtuosismo técnico se hace obvio. Sin embargo, las obras requieren un escrutinio cuidadoso, ya que solo nos revelan su auténtico sentido a través de repetidas contemplaciones. Las cualidades de la tradición clásica del grabado se demuestran en las finas líneas incisas y en los aterciopelados negros y grises. Monreal prefiere el uso de la media tinta, una técnica de grabado usada para conseguir medios tonos y en la que las formas se modelan a base de bruñir una lámina de cobre, a la que previamente se ha realizado un graneado uniforme por medio de un graneador. En este proceso se trabaja del oscuro al claro, y en consecuencia se produce una gran variedad de contrastes de tonos. Los efectos de acuarela se consiguen por medio del uso de la aguatinta, método por el cual la plancha se cubre con granos de resina a través de los cuales el ácido penetra parcialmente. Los colores son sutiles y apagados, verdes-grises y pardos.

Su imaginario está profundamente enraizado en la cultura mexicana, su historia y tradiciones, su rica herencia artística colonial. En el proceso creativo se usan la escultura imaginativa del periodo precolombino, en el cual imágenes humanas, de animales y de aves se combinan y metamorfosean; las tallas ricamente decoradas de los retablos barrocos y la vivacidad de las narrativas de los muralistas. Monreal aporta a esta herencia mexicana la influencia de los maestros europeos ꟷPiero della Francesca, Velázquez, Goya, Picasso. Su gran mérito es haber conseguido integrar diferentes tradiciones culturales en su trabajo, sin producir ningún efecto de pastiche, y transformar imágenes muy conocidas en algo profundamente personal. En el “Atelier” (1986), una gran media tinta, basada en la famosa obra de Courbet, “El taller del pintor”, rinde homenaje a sus mentores. El artista trabajando es un tema que repite muy a menudo. En “Las dos Juanas” (1986) el pintor aparece trabajando en un gran lienzo que contiene dos desnudos, a su vez flanqueados por Juana Gallo, como si fueran santos en un retablo. Este personaje de sus años de infancia en Zacatecas, seguidora de Pancho Villa, parece representar un papel complejo, alguien entre musa y bruja, es una presencia recurrente en la obra de Monreal y objeto de una serie de grabados (“Retratos”, 1986).

Sus estudios en Arquitectura en la Universidad de Guanajuato se reflejan en la aproximación estructural de la composición. En el Atelier 17, en París (1976-1978), Alfonso López Monreal trabajó con el célebre grabador William Hayter y adquirió la prodigiosa destreza técnica que caracteriza a todos sus grabados. Su paso por Barcelona al final de los años 70 lo puso en contacto con el arte de la vanguardia internacional, con el que experimentó durante un breve periodo, pero estaba destinado a seguir un camino más personal. Dos grabados de principios de los años 80, “Ata” y “La maga casada”, manifiestan algo del entusiasmo de aquel periodo exploratorio.

Desde 1983 Belfast se ha convertido en la ciudad adoptiva de Monreal. En la capital de Irlanda del Norte, apartada de la corriente dominante del mercado internacional del arte, pudo replantearse y valorar la cultura mexicana ꟷcomo ocurre frecuentemente al artista exiliado, al que la separación de su país sirve para intensificar la expresión de su identidad cultural. Durante los años 80 desarrolló su iconografía personal ꟷmáscaras, esqueletos como referencias al día de muertos, animales como el perro, el conejo, el cerdo, el armadillo, la cabra. Los animales reciben un significado especial y se integran en sus representaciones de actividades humanas. Monreal también ha creado un estilo individual muy propio en la representación del desnudo. Las figuras parecen estar compuestas de múltiples capas translúcidas, como hojas dobladas. Recuerdan los grabados anatómicos de figuras desolladas de los manuales renacentistas. Sin embargo, sus desnudos tienen un dinamismo que sugiere un estado continuo de cambio ꟷde la materia, de las emociones, de las relaciones. Nos viene a la mente el Manifiesto Futurista de los italianos ꟷ”el dinamismo universal debe reflejarse en la pintura como una sensación dinámica”ꟷ y en particular la obra de Umberto Boccioni (1882-1916). Todas estas características están presentes en dos de las medias tintas mayores, “Tarde en la plaza”, basada en una pintura de Piero della Francesca, y “La bienvenida”.

Las visiones de Monreal son esencialmente urbanas, y se puede sospechar que su ciudad ideal, la de sus sueños, es su propia y bella ciudad barroca de Zacatecas. A pesar de ello, Belfast, esa ciudad poco atractiva, marcada por las señales de lucha, que vive con los nervios a flor de piel, exalta el sentido de la conciencia. Los contactos sociales e intelectuales entre artistas, escritores y poetas, estimulan el proceso creativo y algunas veces se expresan directamente. La obra de Monreal, “El bar irlandés” es un tributo a la distinguida tradición literaria de la ciudad y al amor de los irlandeses por la conversación, muy a menudo entrelazada con el serio asunto de la bebida. En otra gran media tinta, en la que se combinan grabado y aguatinta, se ve al artista trabajando en un caballete. Tanto él, como algunos de los parroquianos del bar, llevan el paraguas abierto. ¿Referencia tal vez al clima irlandés, y posible explicación de la preeminencia de la cultura de los pubs? Este importante grabado es un compendio de la vida cultural de Belfast ꟷunionistas, republicanos, poetas (John Hewitt, Michael Longley, Ciaran Carson, Paul Muldoon), y figuras de piedra, representadas en estilo mexicano, que vienen del pasado pagano irlandés. “¿Qué le importa el tiempo a un cerdo?” está inspirada directamente por un poema de Ciaran Carson. Es un trabajo altamente sofisticado y complejo, grabado en una gama sutil de tintas verde-grises, y con efectos de texturas pictóricas conseguidos por medio del uso del carborundo. El granjero levanta el cerdo sobre su espalda para que alcance y coma las manzanas que cuelgan de la rama. Y el sentido del tiempo está suspendido.

La colaboración entre Monreal y el artista de Belfast, Diarmuid Delargy, ha dado lugar a algunos trabajos de gran interés. Aunque tienen personalidades muy diferentes ꟷlos aguafuertes de Delargy crepitan con nerviosas líneas enmarañadas y borrones explosivos, y sus escenarios son rurales más que urbanosꟷ, existe una empatía entre ambos, y comparten un interés en la figura desnuda y en el potencial expresivo de la forma animal. En “Pietá II” (1988) las figuras habitan en un paisaje angustiado, en el cual un árbol achaparrado por el viento y un caballo blanco parece sugerir un paraíso perdido. En “La lección de anatomía” (1987) se consigue un equilibrio perfecto entre el desnudo perfilado de Monreal y el caballo volumétrico de Delargy.

En la reciente serie “Verónica” (1993) se apropia de un popular icono religioso en homenaje a los maestros europeos. En vez de los rasgos de Cristo, el velo muestra los de Rembrandt, Goya, Gauguin, Van Gogh o Picasso. En cada uno de ellos “Verónica” aparece retratada en un estilo apropiado al pintor que exhibe; en el caso de Goya la “Verónica” se ha convertido, de forma desconcertante, en Juana Gallo. Monreal es un artista que reconoce sus fuentes, su mundo es un mundo rico en imaginación y experiencia. Es a la vez narrador de historias y poeta, talentos muy apreciados en ambas tradiciones, mexicana e irlandesa.

Dublín, junio de 1995

*Traducción de Carmen Oroz Funes de Kelly.